Aprendiendo a decir NO y a seleccionar mis amistades
- Paloma López

- 22 jun 2019
- 9 Min. de lectura

Hace ya un tiempo que mi vida se divide entre Francia y México. Sí. Como muchos de ustedes ya saben, chic@s, por razones profesionales (y personales, lo acepto) por el momento paso a mayoría del año en tierras francesas.
Puedo decirles que estoy disfrutando muchísimo este momento de mi vida y que gracias a los ángeles que siempre caminan a mi lado, he sido muy bendecida tanto en el aspecto profesional, como en mi vida personal.
Sin embargo, pese a que me encanta lo que hago y este país me ha tratado superbien siempre, les confieso que en el aspecto “amistad” al inicio de mi estancia en este país me sentía algo triste. Me hacía falta tener mi grupo de amigas o al menos tener una (pues amigos siempre he tenido, como que siempre me he llevado bien con los hombres, ploc!).
Y es que aunque tengo mi selecto y padrísimo grupo de amigas en México, siempre está padre tener una amiga que viva en el mismo país que una. Que si para ir de shopping, que si para contarse algunos secretos, que si para reírnos de cosas bobas, que si para hablar de chicos… Ufff!!! Tantas cosas… O simplemente para tomarse un café.
Bueno, pues les cuento que un día, charlando con uno de mis mejores amigos por Skype, le conté que me sentía sola en el sentido de “me hacen falta amigas mujeres en este lugar!”.
Mi amigo, todo cuero, me dio su punto de vista: “Pal, tienes que tratar de acercarte, de integrarte. Eres tú la que llegó a otro país, eres tú quien se debe de integrar. Sigue las charlas. Falta un día, un solo día al gym y ve por un café con el grupito de la oficina, organiza algún aperitivo en casa, habla de cosas sencillas”… La lista de mi amigo y consejero fue larga, larga… tan larga que no la recuerdo, pero en general su mensaje era: “intégrate y adáptate”…
Para no hacerles el cuento largo, chic@s, les confieso que hice lo que me recomendó mi amiguísimo. Apliqué la de llegar un día con los cafés a la oficina… Y lo mismo hice en la uni. El hielo entre mis compañeras de trabajo y de escuela comenzó a romperse… El tema es que… Todo comenzó muy bien, pues poco a poco me fui adaptando y puedo decirles que hoy día, tengo unas colegas con las que en ocasiones salgo a tomar algún drink, un café o hasta de shopping.
Sin embargo, nadie tiene una vida perfecta, y claro, en el proceso de “integración” me tocó conocer a una chica muy singular. Y lo peor –y a la vez lo mejor, gracias a Dior- es que no la conocí en el trabajo, sino en la universidad en la que estudio la maestría.
Al principio sentí cierta simpatía por ella, pues aunque no estudiamos lo mismo (ella estudia una licenciatura en derecho penal) tenemos algo en común: ambas somos extranjeras y latinas. Y bueno, pues ya sabrán: intercambio de opiniones sobra la Francia, la comida, la cultura, y varios temas, fue el inicio de una “amistad” que confieso ha sido una experiencia de mucho aprendizaje.
Ahí les va la confesión: resulta que las condiciones de Martha (así le vamos a llamar a esta chica) son un poco difíciles. Ella no cuenta con un empleo y desafortunadamente aún le cuesta trabajo dominar el idioma obligado. ¡Sí, el francés! Sin embargo, cuando la conocí ella no se cansó de repetirme que había venido a Francia sin nada más que el sueño de terminar su licenciatura y después su master… Y después un doctorado. Muy motivada, ella. Una vez me confesó que para ser aceptada en la universidad, pese a su bajo nivel de francés, se le plantó al director de su carrera y le expuso durante horas sus ganas de estudiar y se comprometió a mejorar en el aspecto idioma.
Wow! Definitivamente sentí que Martha realmente tenía ganas de aprender y que había venido a este hermoso país a cumplir un sueño y un objetivo.
Tratando de ayudarla, me ofrecí a corregirle sus tareas en alguna ocasión y a ayudarla con el idioma francés. Y así, lo que inició como un apoyo desinteresado y esporádico se convirtió en costumbre y terminó siendo una obligación para mí. Ploc, ploc, ploc! Y es que de verdad, llegó el momento en el que cada semana, Martha me enviaba dos de sus tareas (o hasta tres) para que yo se las corrigiera durante mi hora de comida… Pese a que comencé a ver que lo que comenzó un favor se había convertido en un abuso, me costaba mucho trabajo decir “NO PUEDO HACERLO” o “NO QUIERO” o “NO TENGO TIEMPO”. En serio. Me daba vergüenza decir “NO”.
Tan lejos llegó el asunto que un día Martha me dejó de hablar una semana porque no pude corregirle una tarea debido a que había salido tardísimo del trabajo. Y es que era obvio que no iba a dejar de lado mi trabajo por corregir una tarea de una “amiga” a la que había conocido apeas hacía unos meses. Sin embargo, Martha argumentó que “una buena amiga no deja tirada a otra en momentos difíciles”… Ploc! #chantajetotal
Para no hacer esta historia más larga, les cuento que Martha y yo nos encontentamos. Sin embargo, ella seguía pidiendo cosas en su papel de “amiga” y yo no sabía cómo decir “no”.
“Pal, sabes que yo no tengo carro y estoy sola en Francia, no tengo a nadie, no tengo trabajo, solo viene por mis estudios… ¿Podrías llevarme el fin de semana a conocer la Torre Eiffel? No he ido desde que llegué a este país. Ay, ándale, tú conoces Francia como la palma de tu mano”… Y claro, Pal aceptaba.
“Pal, ya sé que es 24 de diciembre, pero estoy afuera de tu casa con unas hamburguesas, ¿comemos algo? Prometo que me voy antes de que comiences a preparar tu velada de Nochebuena. Es que en serio, me siento bien sola y yo no tengo la suerte de vivir como tú. Tú sí, tienes todo en país ajeno y estás superadaptada, no sé cómo le hiciste, ehhhhh. Pero, vaya suerte. Yo no, Pal, anda, ando bien triste”… Y Pal, aceptaba. (Pese a que sentía que las palabras de la chica a veces tenían un tono ‘raro’).
“Pal, no tengo horno. Yo no vivo en una casa de Barbie como la tuya, vivo en un pequeño estudio, pues solo vine a cumplir mi sueño de hacer la universidad en Francia, vivo modestamente. ¿Podría ir a tu casa a cocinar? Hace mucho que no como comida casera. Estoy segura que tú, toda consentida, comes como se debe”… Y Paloma, sintiéndose culpable por vivir bien, aceptaba.
“Pal, mañana van a cortar el agua en el edificio en el que vivo así que yo creo que voy a tener que tomar la ducha en tu casa. Digo, no creo que te afecte, ¿no? Tú tienes todo: trabajo, te das el lujo de pagarte la uni, mientras yo estudio gracias a una beca, no me digas que va a ser mucho para ti que me regales tantita agua para bañarme”… No, buenoooo, esa petición ya no la pude tolerar.
No sé si es porque soy muy pikis (ya era demasiado que una persona con la que apenas llevaba conviviendo unos meses, se permitiera decir que tenía que bañarse en MI casa, o seaaaaa… No, buenooo #quevenganlosbomberos
Sin embargo, chic@s, no pude decir no. Lo que hice fue decirle a Martha que precisamente al día siguiente tenía que estar en la oficina a las 7am y que no tenía duplicado de llaves para dejarle… Afortunadamente, Martha tomó las cosas con calma.
“¿Con calma? ¿Tomó las cosas con calma? Bueno, ¿pero quién es esa chica? ¿Quién se cree? Pal, tienes que poner cartas en el asunto. Perdóname, pero es un parasito manipulador. Tienes que aprender a decir “NO”, a poner límites. Aquí tienes que tener el mismo carácter que en tu país, no puedes vivir diciendo sí a todo solo porque te da miedo lastimar a alguien si dan un “no” como respuesta”. Además, no es tu culpa si ella la pasa mal, no es tu culpa que a ti te vaya bien y que a ella no, no es tu culpa que ella allá llegado a Francia con muchas limitaciones”, fue lo que me dijo mi papá durante una charla telefónica en la que le conté lo que estaba pasando.
– Pero, papá. Lo hago porque quiero integrarme, tener una amiga en quién confiar, no quiero ser la extranjera desintegrada y solitaria-, respondí.
-Paloma, integrarse y hacer amistad no significa decir SÍ a todo. Además, en México siempre sabías poner tus límites y sabemos que siempre has tenido más amigos que amigas. Y si somos honestos, ¿qué te aporta esa chica además de gastos y problemas? ¿Qué te aporta? Creo que tú tienes la culpa, has permitido mucho. Piénsalo. Buenas noches”-, dijo mi papá antes de despedirse.
– Ay, pa, quédate tantito en el teléfono. ¿Sí? – le dije con una vocecita de caricatura.
– ¡No!, me dijo.
– ¿Por qué, no?, pregunté otra vez con la misma vocecita de caricatura.
– “Porque tengo cosas que hacer y ya hablamos durante hora y media. Besos, te quiero”. Fue lo que dijo mi papá adorado antes de colgarme. Quedé en shock.
“Ándale, amiga. Sería el fin de semana. Así que no perturbaré ni tu trabajo, ni tus estudios. Yo no quiero que mi mami gaste en buses, hizo muchos sacrificios para venir a verme. Además, le interesa mucho conocerte, le dije que amas la moda y los zapatos”, me dijo Martha.
“No, Martha”, dije con voz firme.
Las pupilas de la chica (quien cerró sus puños y los apretó en un dos por tres) se entornaron.
– ¿Por qué no? Anda. Y después llevo a tu casa unas pizzas y ahí comemos”, insistió.
– No, Martha”.
– ¿Por qué no?”, dijo incrédula.
– Porque tengo planes para el sábado – dije.
– Bueno, ¿las pizzas en la noche? – Martha no se cansaba de insistir.
– ¿Por?-, dijo… Martha seguía incrédula. Su piel mate se tiñó de rojo. No sé si de vergüenza o de enojo- Pal, ándale, yo aquí la paso mal y estoy haciendo mi lucha, ándale. ¿Por qué no?
– Porque tengo planes. Ya te dije. Y porque mi casa no está a disposición de la comunidad. Y sí, tú tienes tu lucha, tus problemas. Pero no son míos. Te puedo ofrecer mi amistad, pero no resolverte la vida, ni hacer cosas que no quiero. Buenas noches-, acto seguido, me excusé. Le dije que debía levantarme temprano y que no había preparado mis cosas… En pocas palabras, la invité a irse de mi casa (aclaro, de forma educada… Ploc!).
Pasó casi un mes antes de saber algo de Martha. Sinceramente, no me hacia falta tener noticias suyas… #Ploc! #fuertesdeclaraciones
Pero hace unos días sucedió… Sí. Era viernes y la chica y yo nos topamos en Ciudad Universitaria. Más bien, ella me esperaba en el lugar del parking en el que me estaciono siempre.
“Pal, hola. Toma, es para darte las gracias porque has sido bien linda conmigo”, dijo mientras me extendía un paquete de regalo con sus manos rellenitas (se trataba de una caja de pastillas de caramelo de colores y un CD).
Agradecí el regalo y luego me fui corriendo. No pude quedarme a charlar, pues llevaba prisa para llegar a clase. De hecho, tanta era mi prisa que ese día cambié mis zapatillas por mi par de Convers favoritos, unos color violeta que adoro.
A casi tres semanas y media de eso, no he tenido noticias de Martha, de quien pude comprobar, nunca tuve su amistad, sino que tomó mi actitud buena onda y mi necesidad de integración (no sé si lo hizo a propósito o no) para mostrar su mala ondita y mostrarme una de mis debilidades: “no saber decir no”.
Hoy puedo decir que esa prueba está superada. Ahora sé que decir “NO” es válido, aunque una no esté en su país. Poner límites es válido. Es respetarse.
Sí, chicos, mi papá tenía razón: “integrarse no significa decir SÍ a todo”. Y el hecho de que una persona viva en condiciones difíciles no es mi culpa y, por tanto, no soy la responsable de mejorarle su vida, ni de hacerle la tarea, ni de ayudarla a sobrevivir. Una o dos veces, claro… Pero, de eso, a que una ayuda se transforme en una obligación. ¡No!
Tal vez va a sonar mala onda, pero creo que estuvo muy padre haberme alejado de Martha. Y claro, por un lado estuvo chévere conocerla, pues gracias a ella aprendí una lección súper grande: “decir NO sin sentirme culpable”.

Hoy les puedo decir que por el momento sigo muy contenta manteniendo una relación cordial y buena onda con mis colegas del trabajo y de la uni. Me integro superbien, pero mantengo mi distancia y no dejo de lado mis convicciones. ¡En serio! Me integro tan bien como mis tenis fashionistas se integran a un vestido de noche para formar una fusión espectacular 😉 Y es que también se vale que mis pies algunos días digan “hoy NO queremos tacones, hoy queremos descansar”…
Besos y cerezas. ¡Muack!



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