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Contratos de amor, amor, amor, amor y… el miedo que nos da firmarlos


“Un día me dijeron que la felicidad consiste en no querer moverse de donde uno esta. Si eso es verdad, aquél fue el día más feliz de mi vida”… Hace meses que la frase de Violetta, el personaje principal de la obra de Xavier Velasco, Diablo Guardián, se quedó tatuada en mi mente.

Para quienes no conocen a Violetta, la descarada y sexy chica que llevó al escritor Xavier Velasco a la fama, les cuento que es una de las más irreverentes, originales, sensuales y excéntricas mujeres que han existido en el mundo de la literatura mexicana, y un ser que ha tocado las fibras de mi corazón, casi tanto como mi adorada Carrie Bradshaw.

Al igual que Carrie, al igual que yo y que muchas otras mujeres (y tooodo el mundo), Violetta buscaba la felicidad a toda costa. Aunque aparentemente lo que buscaba era dinero, status y poder, lo que ella buscaba era amar y ser amada, sentirse deseada, importante. Compartir y sentirse plena. Típicos tópicos. Sí, pero una realidad.

Por más que lo neguemos, hombres y mujeres solteros, estamos en la búsqueda de la felicidad en pareja. Soñamos con conocer a esa persona especial que nos haga sentir princesas (o superhéroes, en el caso de los hombres). Y no me vengan a decir que no, señoritas, que disfrutan de su soltería y de andar brincando de cama en cama, sin hallar su lugar… Que se los crea la Tigresa. (y ni ella, pues hasta se casó con un jovencito al que le triplicaba la edad… Creo que se llamaba Julián y cantaba rancheras… #ploc).

Y es que, que aviente el tacón de 12 centímetros de altura la chica que no esté de acuerdo conmigo… Pues venimos a esta vida a buscar la felicidad, y en una de esas… Hasta a comprarla… Y no hablo de la felicidad en el ámbito profesional, familiar… Material… No. Hoy les hablo específicamente de la felicidad que nos proporciona esa persona especial con la que comenzamos una relación… O un noviazgo, sueño platónico, una cacería, o hasta una persecución… Y es que… En serio, en serio, en serio estilosos… Hay de todo en la viña del señor…

No sé ustedes qué piensen, pero esa felicidad en pareja es bellísima cuando somos adolescentes o adultos jóvenes. ¿Sí o no que sí? Ese primer amor que conocemos cuando estamos en la universidad y con el que experimentamos los primeros besos, las primeras salidas… La primera relación sexual… Las primeras peleas, los primeros planes a futuro… No, buenooo… Ese primer amor con el que nos volvemos Superwoman, ese primer amor al que nos entregamos enteras.

Si hablamos de confesiones, yo recuerdo que mi primer amor que se concretó (no platónicos como el del bachillerato, que nunca me peló, #ploc) fue un chico sudamericano, un chileno muy mono, rubio-ojos verdes, quien dejó su país, su trabajo en la Fuerza Aérea, vendió hasta sus tangas y boxers por mudarse a México. Todo para instalarse en un apartamento que le prestó una de mis tías, buscar trabajo y… No encontrar… #toing

¿Por qué no encontraba? Porque se mudó a México en el año dos mil y alguito con el amor como único motor. Sin un proyecto, sin un papel, sin una VISA de trabajo o de estudiante. Llegó a México con sus ahorros, un pasaporte, una maleta llena de esperanzas y un corazón intoxicado de miel. Nada de más. Sin embargo, eso no fue impedimento para seguir a su mexicana que en ese entonces era estudiante de periodismo y quien no cumplía ni 21 años, a quien había conocido en un viaje y de quien se enamoró perdidamente. #aycosaaa

Fueron meses de búsqueda de empleo, de momentos increíbles, de noches en las que las cadenas de fast food eran un bello  lujo, de salidas turísticas, de flores y de aventuras dignas de recordar… Miel sobre hojuelas, cartas de amor y peleas que comenzaban a hacerse más frecuentes a medida que el dinero de mi chileno para subsistir se terminaba junto con la esperanza de hallar una empresa dispuesta a arreglar sus papeles para cambiar su situación de turista en México, por la de “extranjero con permiso de trabajo”.

Era tanto mi amor por ese chico de mirar verde y corazón de pollo que un día, con mis apenas 20 años y el miedo al futuro, decidí proponerle arreglar su situación migratoria diciéndole que aceptaba casarme con él… Sí, queridos, tanto era mi amor (pese a que llevábamos apenas 4 meses de noviazgo) que estaba dispuesta a hacer lo que fuera para que la situación de mi entonces novio cambiara en México.

Y es que cuando amamos, cuando queremos conservar a alguien a nuestro lado, somos capaces de todo por esa persona con tal de no separarnos de ella. No importa si hace un mes, dos, tres o unos cuántos días que la conocemos. Queremos ayudar, proteger a ese ser y no queremos que nada ni nadie lo lastime. Ni el aire. Les juro, les juro estilosos, que si en ese tiempo hubiera tenido la colección de tacones que hoy tengo,  la habría dado toda a cambio de que mi chileno pudiese tener una situación regular en tierra Azteca…

… Muy orgulloso, mi entonces galán no quería aceptar que yo lo ayudara a arreglar sus papeles… Pero… terminó por aceptar. La situación no daba lugar al orgullo. Pedimos cita en el Instituto Nacional de Migración y comenzamos a informarnos para proceder a lo indicado… ¡Qué fuerte!

La aventura de los trámites, preparativos y demás se terminó cuando mi adorado Papá fue a buscarme al departamento de mi novio (el sitio donde yo pasaba las tardes después de la universidad), me agarró del brazo derecho junto con mis ganas de matrimonio y mis sueños que comenzaban a desplomarse, y me dijo que no me permitiría cometer una tontería a mis 20 años.

“¡No, no, no y no! ¡Punto! Ni tú eres para él. Ni él es para ti. Hay una diferencia de civilizaciones, cultural, de edad… No has terminado ni la escuela. Vas a echar a perder tu vida. Agarras tus cosas y a la casa ”, gritaba mi Papá al tiempo que le echaba su mirada más malvada a mi entonces galán, quien no se atrevía a decir ni una sola palabra.

Llorando como Magdalena, hice lo que mi Papá decía y salí del apartamento de mi chileno (Alan, se llama). Odié a mi Papá con todas mis fuerzas. Odié a mis primas, quienes habían sido las responsables de que mi familia se enterara de mi plan… Odié a todos y entonces supe que quería moverme del sitio en el que estaba. No quería saber nada de nadie. Solo quería hacer lo que me diera mi regalada gana (como siempre) y escaparme con mi Romeo al puro estilo de las series americanas… Sin embargo,  no tuve los ovarios para hacerlo.

Como hija de familia, acaté las órdenes del señor López (de Papá). A ese episodio le siguieron salidas a escondidas con mi “amante bandido”, quien cada día se degradaba más, pues México no le sonreía. De haber sido un excelente ingeniero en aeronáutica para la Fuerza Armada de Chile, había pasado a ser “el chileno”, quien buscaba y buscaba sin encontrar. Ninguna empresa quería pagar el tax y el precio de contratar a un extranjero…

La situación cada día era más hostil. Verme a escondidas a causa de mi familia, tener que trabajar en pequeños comercios para ganar un poco de dinero… No, flacos, les juro, les juro que su situación no era imposible, sino lo que le sigue.

Y un día… #ploccc!!! Explotó la bomba… Mi galán y yo peleamos a morir. Nos reprochamos todo. Nos gritamos, nos insultamos… Nos culpabilizamos uno al otro por su situación… Me sentí horrible, pues yo no tuve el valor de apoyarlo. Pudo más la orden de mi Papá y mi miedo… Y si somos honestos, yo era estudiante: no tenía aún una solvencia para sostener un matrimonio, mientras mi chileno comenzaba a arreglar su situación. Lo único con lo que contaba era con el sueldo de mi servicio social. Y siendo aún más sincera, de más en más pensaba en las palabras de mi Papá y en mi sueño de viajar, conocer el mundo y de algún día hacer una maestría en Francia. #done!

En fin… La discusión de aquel día mermó aún más la relación. El rencor y el hastío ocuparon la plaza del amor y la miel… Las peleas y la incertidumbre reinaban en nuestra relación. La vida no era más color de rosa.

Una segunda  ocasión, Alan y yo discutimos a morir. Llegamos a los gritos y al llanto. Los comensales del Sanborns ubicado en Reforma, frente a la Victoria Alada, fueron los testigos de los gritos y manotazos sobre la mesa en la que se tambaleaban dos tazas de descafeinados y sueños sin cumplir.

Salí corriendo del lugar y no volví a saber de mi Romeo en 6 días. Hasta una mañana, cuando apenas eran las 5am y tocó a la puerta de mi casa. Se hallaba con una mochila enorme y dos maletas. Su cuerpo fino y su mirar hermoso me provocaban ternura. Iba a despedirse de mí, pues había recibido la propuesta de un conocido para trabajar en Chiapas.

Recuerdo que lo abracé, lo besé y le deseé mucho éxito. Tras un largo beso y lágrimas, nos dijimos “hasta pronto” (y es que Alan aseguraba que volvería a la Ciudad de México en cuanto su situación migratoria y económica estuviera resuelta).

Cerré la puerta y respiré hondo. Me sentía culpable y triste. Triste por no haber ayudado a la persona que había dejado todo, todo, todo por mí. Sin embargo, me sentí aliviada, pues una puerta se abría para mi amor en turno. Lo que yo no sabía era que enormes retos le esperaban.

Alan trabajó en un Modelorama, trabajó como mecánico. Trabajó como vendedor de bienes raíces… Trabajó cuidando a los niños de su jefe del Modelorama… Trabajó durante años y años… sin papeles y con sueldos paupérrimos… De vez en cuando me enviaba mails diciéndome que yo seguía siendo la única que inundaba sus pensamientos.

De hecho, un día fue a visitarme a la Ciudad de México. Muy orgulloso me invitó a cenar a un restaurante francés muy mono ubicado en paseo de la Reforma (nuestro primer restaurante de adultos que hicimos juntos). Hablamos un rato, hicimos planes. Juramos que nos veríamos cada seis meses y que una vez arreglada su situación podíamos formar una vida juntos… Alan, seguía luchando por convertirse en alguien en México.  Seguía siendo esa persona tierna, dulce y detallista de la que me enamoré cuando era estudiante. Aunque yo me moría de ganas de complacerlo en su propuesta, mi vida ya era presa de otros azares:

Yo trabajaba ya como editora de finanzas en el diario El Economista. Llevaba una vida de adulta y comenzaba a formar mi colección de tacones y a ahorrar para mi primera formación de periodismo de moda en París. Mi novio, mi amante, mi deseo diario era mi carrera. Y si hablamos de mi vida personal,  otra persona comenzaba a invadir mis pensamientos. Sin embargo, mi mente trataba de engañarme y convencerme que Alan era el bueno… Por el contrario, mi corazón me decía que no. Me decía que esa llama por el primer amor se extinguía… Pese a todo, me empeñé en hacer caso a la razón y a convencerme de que debía darle una oportunidad a mi primer amor, quien había dejado país y vida por mí.

Le prometí que si seguíamos en contacto, por supuesto que formaríamos algo… Continuamos cenando, compartimos un pie de queso con fresas enorme y matamos una botella de vino y media. Esa noche, caminamos de la mano por Reforma y recordamos todas nuestras aventuras vividas desde nuestro primer reencuentro. Fue mágico. Nos despedimos de madrugada, con besos y promesas que nunca cumplimos… La distancia y nuestros diferentes caminos nos volvieron a separar… Los mails se escasearon.  Cada uno comenzó a vivir su propia vida y a luchar por su propia meta… No fue necesario un adiós. Fue el silencio mutuo el que anunció que el “contrato de amor”  estaba disuelto.

Un miércoles de marzo de 2013 (habían pasado ya algunos años) supe que Alan había obtenido la nacionalidad mexicana, que estaba casado, tenía un trabajo de su profesión y un bebé hermoso de dos años. Me dio mucho gusto por él. De verdad que me dio gusto por mi primer gran amor, a quien no pude brindarle un papel y con quien jamás me comprometí a firmar un ‘contrato tangible’ por respeto a mi Papá, o tal vez por miedo a encajarme en una historia de amor y no cumplir mis sueños profesionales…O tal vez porque realmente no estaba lista… Si hubiera estado lista en ese entonces, nada hubiese importado y lo hubiese ayudado… Pero… como dicen, “por algo pasan las cosas”.

No sé, pero tal vez Alan tenía que conocerme y pasar por México para encontrar su felicidad, su actual esposa, su trabajo. Y tal vez yo hice bien en no haberme casado al vapor, pues a lo mejor no habría conocido Francia, ni hecho una maestría, ni ejercido como periodista y comunicóloga, ni habría vivido las relaciones que he vivido hasta ahora (tampoco soy una bitch, ¿eh? Pero es lógico que después de él, he conocido a otras personas y tenido otras relaciones de amor, amor, amor).

Lo que sí les firmo es que, un día fui muy feliz con él, tan feliz que no quería cambiarlo por nada ni moverme de dónde estaba. La vida era tan rosa como mis stilettos consentidos del mismo color. Rosas, rosas, rosas.

¿Por qué les cuento todo esto, queridos? Porque la vida a veces nos juega unas bromas o nos pone unas pruebas muy fuertes. Cuando estamos dispuestos a todo por firmar un “contrato de amor, un papel”, no tenemos los medios, ni los recursos, ni la independencia, ni el apoyo para hacerlo. Y hay veces que el amor se nos escapa de las manos…

En cambio, cuando ya somos adultos, tenemos una vida profesional hecha, el flamante auto, la AMEX sin límite de crédito,  la supermaestría, el trabajo de ensueño, el cuerpo por el que nos matamos en el gym… El mundo recorrido… Los recursos para unas vacaciones paradisiacas… Nos encontramos solos… No existe la persona con la que podamos compartir. No existe la persona que haga que nos desmayemos del susto cada vez que vemos la cuenta de la AMEX, no existe esa persona para compartir las vacaciones paradisiacas. No existe la persona por la que firmaríamos por estar con ella toda una vida. No existe quién nos convierte en los seres más celosos del universo.

Los besos de miel, los planes, las ganas de formar una relación seria, los contratos están guardados en un cajón. Guardados como tesoro para cuando llegué el elegido o elegida…

Hay quienes se desesperan y en vez de tratar de conocer a ese “amor”, a esa persona especial, se empeñan en buscar la persona que combine con el flamante auto, o la que salga mejor en la foto de esas vacaciones en las Bahamas. Esa persona que sea afín y sin defectos… Ideal y hecha a imagen y semejanza del personaje que diseñó nuestro cerebro. Les aseguro que no la van a encontrar, pues el amor no se busca, ni se forza… El amor se encuentra. Y se cuida.

Les juro. Ni en los cafés, ni en un bar, ni en Tinder, ni en el supermercado, ni en catálogo… En ningún sitio van a encontrar a la persona ideal, flacos.

La persona ad hoc, con la que se sentirán plenos, con la que van a morir de risa, compartir los mejores y los peores momentos, con la que van a firmar el verdadero pacto, el verdadero contrato, esa persona llega junto con la casualidad. De la forma más inesperada. Y hay ocasiones en las que tenemos que pasar por pruebas como la que pasó Alan. Recorrer un país ajeno, pasar por encima del fuego, quemarse, llorar y hasta dormir con el enemigo (pffffffff !!!)… Sin embargo, cuando la recompensa llega, cuando ese alter ego, esa persona (con todo y sus defectos) llega, hay que aventarse a firmar el contrato: en los buenos momentos y en los más cabrones, en la borrachera y en la ley seca, en el shopping y en la miseria, en la risa y en el llanto, en la desesperanza y en el éxito, en todo, flacos. Si firmamos, cuidemos de esa persona, pues no toca a la puerta a diario diciendo: “Eyyyy, ya vine, soy yooooo”… No. Es un tesoro que llega cuando menos lo esperamos… Así que más vale que lo sepamos apreciar y darle todo lo que prometemos dar cuando estamos desesperados por hallar el amor.  (Y claro, asumir que no todo es miel sobre hojuelas, ni rosa como mi par de tacones franceses de alta gama. ¿Les gustan?)…

Si lo encuentran, no lo dejen ir, pues también es cierto que a determinada edad, no son nuestros padres, ni una situación financiera la que nos detiene… Es el miedo a crecer y a asumirnos como adultos, el miedo a perder la libertad… el miedo a  amar. Que no les de miedo. No le saquen… Yo sé que cuando vemos la hora de la verdad, las tangas (o los boxers… o los calzones) nos dan vueltas y nos dan ganas de echarnos a correr y escondernos debajo de la mesa… Pero… yo pienso que firmar con la persona correcta es igual de placentero que enfundarse en esos irreverentes zapatos color rosa fosforescentes que nos hacen sentir en las nubes. ¿No creen? 

Y ustedes, ¿ya encontraron a esa persona por la que firmarían contrato y venderían hasta los tacones?  Cuéntenme. Les envío besos y muchas cerezas. Pronto una confesión más cool y con la que morirán de risa. Muack!

Y para historias de amor, una de mis canciones favoritas del León Larregui. Más cerezas. 😉


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