El hombre que pedía y pedía, mi mejor amiga y más zapatillas
- Paloma López

- 22 jun 2019
- 6 Min. de lectura

Hace cinco años (después de uno de haber vivido en París por motivos escolares), regresé a México con una maleta llena de retos y sueños. Entre ellos estaba encontrar un trabajo en el que pusiera en práctica lo que había aprendido en la capital de la moda. Moría por escribir sobre temas de moda, belleza y estilo de vida.
Tras peregrinar con currículos bajo el brazo y vivir experiencias de todo tipo –desde entrar a edificios viejos del centro para acudir a una entrevista de alguna revista que resultaba ser una publicación fantasma dirigida por algún viejito de alma negra… o hasta realizar reportajes para revistas masculinas- encontré un trabajo como correctora de estilo en un grupo editorial que albergaba al menos 10 publicaciones diferentes.
Dentro del grupo, yo trabajaba para una publicación dirigida a enfermos de diabetes. Los primeros días fueron estresantes, más porque mi formación no era la de una correctora de estilo… Ploc! ¡Así que imaginen! Sin embargo, tomaba la situación con calma y veía ese trabajo como una puerta para convertirme un día en editora de alguna de las otras publicaciones que había en el grupo: y es que había desde revistas de viajes, hasta de moda y belleza… ¡Mi sueño en ese entonces!
Fue en la cena navideña de la empresa –la cual se llevó a cabo a tres días de que mi ingreso- en donde conocí a un chico de mirada linda e inteligencia seductora. El ‘clic’ se hizo presente.
Desde esa cena, el tipo, al que llamaré Carlos, -y quién trabajaba en una de las tantas revistas de la misma editorial- no dejó de intercambiar mensajes conmigo. Chateábamos diario y a casi todas horas, pese a que yo estaba aún en formación y ¡a prueba!

De música, de mi estancia en Francia, de su sobrina, de mi familia… ¡Temas sobraban! ¡Lo que me faltaba era tiempo para hacer bien mi trabajo! Sí. Sin darme cuenta pasaron dos semanas y yo seguía cometiendo los mismos errores que mi jefe me había marcado desde que entré a esa empresa.
Alguna vez le comenté a Carlos que comenzaba a tener problemas a causa de que me distraía mucho. Le pedí que no me hablara mucho por el Messenger.
“Por mí, podría cerrar el chat, pero no puedo, es el medio de comunicación con mis compañeros de trabajo. Lo que sí te puedo pedir es que no charlemos, mejor nos vemos durante el break”, fue lo que le propuse al que se convirtió en mi pretendiente. Nada cambió. Intenté otras cuántas veces más de hacerle entender a Carlos que mi trabajo peligraba –claro que todo era mi culpa, por distraída-, pero lo único que lograba era que se molestara. El galán creía que yo no quería hablar con él o que me hacía “la diva”. Al final, siempre terminaba cediendo y charlando con él. Y es que de verdad que me hacía sentir así superculpable. Cada que no le contestaba se ponía triste, o me decía que yo era mala onda y que lo trataba mal. Me preguntaba que por qué no lo quería, si él me quería tanto. ¡Ay, Dior! Era tan difícil decir “no”. No quería hacerlo sentir mal.
Lo que nunca supe fue cómo él lograba chatear, Facebookear y trabajar. ¿Acaso delegaba trabajo? ¿Acaso era ‘multi tareas’? No lo sé. Lo que sí sé es que él era el jefe de la revista para la que trabajaba. No sé cómo se manejaba, pero su chamba nunca corrió peligro. ¡Y qué bueno!
Un día llegó el momento. Mi jefe, quien había sido muy paciente durante dos meses, me pidió que bajáramos a la cafetería a tomar algo. Después de servirme un café americano me dio el anuncio de lo que yo ya venía venir.
“Lo siento. Pasando tu prueba de tres meses, no te vamos a dar la planta. Creo que es mejor que comiences a buscar trabajo. Eres muy talentosa, tienes experiencia, traes estudios del extranjero; pero algo pasa. No sé si es porque no es tu área, pero al parecer no te interesa el trabajo. Siempre estás distraída, los errores son los mismos. ¡Y ese chat! De verdad, lo siento”, dijo.
No podía reclamar nada. ¿Con qué argumentos? Mi jefiux tenía toda la razón. Le conté a Carlos mi problema y solo me dijo que lo sentía mucho. ¡Y seguimos chateando! El mismo problema se lo conté a mi mejor amiga, Daysi. Una talentosa y guapa reportera mucho más joven que yo, a quién había conocido un año y medio antes de esa etapa.
Mi amiga se angustió mucho cuando escuchó lo que me pasaba. ¡Me iba a quedar sin trabajo todo por distraída y aún no me establecía bien en México… Dior!
No sé cómo hizo Day, pero a los dos días me llamó y me dio el número de una periodista a la que admiro mucho. Se trataba de la editora en jefa de la sección de economía de un importante periódico mexicano.
Mi amiguis me había recomendado muy bien con esta profesional. De hecho, Daysi me recomendó para un puesto que era mejor en salario y condiciones que el de ella. “Amiga, así te repones y comienzas nuevamente en lo tuyo”, me dijo.
A los cuatro días comencé como editora de finanzas personales en aquel diario en el que nunca me distraje ni con el Messenger, ni con el teléfono celular, ni con mi superamiga. Pese a que era una sección de finanzas –y no de moda, ni de belleza- todo mi empeño y mis fuerzas estaban ahí. A Day solo la veía en mis días de descanso. En el periódico, solo salimos a comer juntas dos veces. Cada una estaba en lo suyo y no por eso dejamos de ser buenas amigas (hasta la fecha, puedo decir que es mi amiga la más querida y con la que sé que siempre cuento).
¿Carlos? Igual lo vi unos días más después de que me despedí de la gente de la editorial –antes de que ellos me despidieran, jeje- y tuvimos un romance que ni una semana duró. Creo que yo no estaba lista para entregarme por completo a un noviazgo. Y él, no estaba dispuesto a esperar, ni a tolerar que yo terminara de cerrar otros ciclos (emocionalmente) y estabilizarme laboralmente. Él quería alguien que le diera toda su atención. Y es muy válido. Afortunadamente, encontró a alguien.
“Volver a encontrarte me reconfirma que terminar contigo fue la mejor opción de vida”… carrie Bradshaw, Sex and the city
Hace un año mi pasión por la moda y el periodismo Web volvió a traerme a tierras francesas. Actualmente estudió un master Info-Com especializado en “Médias Avancées”. Este año fui aceptada en educación continua… Yessss!!! Escuela, trabajo, conestilo.life , mi asesoría como personal shopper y mis experimentos en el mundo de la cocina francesa (un desastre, ploc!), son actividades que hacen que la vida apenas me alcance para dormir cuatro horas y media al día (cuando bien me va). Hay días en los que ni siquiera me da tiempo de charlar con mi familia.
Hace casi dos meses aproveché unos días libres para hacer un viaje relámpago a México, que entre otras cosas me serviría para pensar si aceptaría el reto de tomas la formación continua en la universidad a la que acudo (una de las 5 mejores de Francia). La vida hizo que me rencontrara con Carlos, quien en 5 años no se tomo la molestia para saludar con un mail o para hacer una llamada. Había estado muy ocupado con su pareja. La única vez que supe de él antes de esto, fue en una ocasión en la que le marqué y al final no me atreví a decir nada.
“¿Qué quieres, ardida?”, fue el mensaje de saludo con el que me respondió. En resumen, fue hasta hace poco que nos rencontramos y se comportó muy amable. De ahí, muy lindo, me buscaba diario. Se molestaba si no le respondía los mensajes. Se estresaba si le negaba una cita. Se desesperaba si no le respondía rápido… Y se la pasaba diciendo que me quería mucho… Y a los 5 minutos me reclamaba que “¿por qué yo no lo quería y que por qué era tan grosera con él?” Dior!!!
El día que le anuncié que me regresaba a Francia, sin ser nada mío, con sutileza me dio a entender que debía decidir entre él y mi vida profesional… Sin comentarios.
Ya estando en Francia, me hablaba para chatear cuando él estaba libre (y en Europa era hora de dormir o de trabajar, o del gym. Y es que cuando yo podía hablar, él no podía porque estaba en el cine, o estaba muy triste, o estaba con su familia…
Hace unos días, me di cuenta que la culpa no era de él, sino mía, por permisiva. Por no saber decir no. Por tener miedo a lastimarlo. Me miré al espejo y vi que estaba ojerosa, que comenzaba a tener problemas de retardos en mi trabajo (en el que me adoran), que todo el tiempo estaba cansada y que sentía que mi ambiente, mi atmósfera y la armonía de mi vida se intoxicaba. No me enojé con esta persona, sino conmigo. ¿Qué pasó? Pues nada. Volví a ocuparme de lo mío, a reivindicarme en mi trabajo, a centrarme en la uní y a complacerme a mí.
Tal vez cuando Carlos encuentre paz y aprenda a compartir, podamos hablar y saludarnos como buenos amigos. O no sé. Lo que sí sé es que acabo de elegir los zapatos que usaré mañana para el que será oficialmente mi primer día de clases. ¿Qué opinan? ¿Les gustan?

Lo que también sé es que ahora que tenga un tiempo libre, con quien voy a hablar largo y tendido es con Daysi, mi amiga la más querida y a la que no pude ver durante mi visita a México y no por eso me dejó de querer.



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