Una suegra que resolvía crucigramas… ¡y mis zapatos de pitón!
- Paloma López

- 22 jun 2019
- 8 Min. de lectura

“Ya me tiene hasta la ‘eme’ la vieja loca”… “No la soporto, se mete en todo y lo peor es que su hijo le hace caso”… “la mía no es tan mala onda, pero es media metichona”… “La verdad, la mía es un amor: ¡ay!, ¡me quiere!”… “La mía, ni para bien, ni para mal”… “Yo, de lejecitos con la mía, es tremenda la señora, pero así, ¡tre-men-da!”… “La mía es una cabrona, siempre me echa a mi novio en contra… Ashhhh, yaaaaa!”… Uffff… Cuando mis amigas y amigos comienzan a hablar de sus suegras sé que la charla será larrrrrga.
Y es que, ¿sí o no que las mamás de nuestros bombones o ex bombones son tema de conversación? Y no lo nieguen, porque aquí no se le miente a nadie. Es más, creo que todas hemos tenido en alguna ocasión a una suegra que parece haber salido de una producción de terror de 20th Century Fox. Digoooo, no estoy diciendo que las suegras sean malas personas, simplemente que hay algunas con las que no hay empatía. Les confieso que en una ocasión me sucedió:
Era 2008 y había conocido a un chico de piel blanca, alto, delgado , labios rosas (y carnosos), cabello castaño y ondulado, ojos color miel, voz varonil y ¡jugador de futbol! No. No era fanático de ver los partidos en la tele con botanas y chelas en la mano. ¡No! Ese galán jugaba fútbol. No estaba en un equipo profesional, pero sí en un equipo en el que llegó a jugar con Gael García y Diego Luna, buenos amigos suyos (es verídico).
Pues fue en un avión en el que conocía este galán al que llamaré David y con quien comencé a andar después de unas semanas de salir juntos.
Una vez, David me invitó a su departamento a ver películas. Era la primera vez que iba a su depa después de dos meses de noviazgo.
Vino blanco, nueces de la India, frutos secos, jamón ibérico con melón, uvas y palomitas fue la sorpresa con la que David me recibió en su casa. Súper lindo, comenzó a servir las delicias en la mesa de centro de la sala mientras yo me encargaba de poner la peli romántica que veríamos: “Dulce Noviembre” era el nombre. Sí, con Keanu Reeves. #cuero
Justo comenzaba la peli y acabábamos de brindar cuando… ¡la puerta principal se abrió! Una mujer bajita de estatura, de cabello negro y corto, bolso Tous, apareció.
“¿Mamá? ¿Qué onda? ¿Qué haces?”, dijo David, quien más rápido que de prisa, dejó su copa de vino sobre la mesa de centro.
“Ay, hijo, pues creía que te había pasado algo malo. Como la vecina de abajo me llamó a mi celular para decirme que las luces de tu departamento estaban encendidas en viernes, pues me preocupé y vine a ver si pasaba algo. Por eso tengo un duplicado de llaves, ¿no? Soy tu madre y yo te compré el depa”.
Yo, anonadada (y ya sin vino en mi copa porque del estrés me tomé mi porción como si fuera Boing) no dejaba de mirar a la señora, quien después de su diálogo se dignó a mirarme.
“Te presento a Palomami novia”, dijo David como pavorreal.
“Ay, hija, mucho gusto. Mira nomás que bonita, ¡y que tacones tan altos! Así no vas a poder cocinar”, dijo la señora Clemencia (así s llama).
“Mucho gusto, señora”, dije de forma mecánica.
“Bueno, bueno, ¿no me van a servir un vino? ¿Qué andan haciendo? ¡Ay, películas! ¡Eso me gusta!”, dijo la doñita antes de hacerle una seña a su hijo, quien corrió a servirle una copa de vino.
“Checa este vino, me lo recomendó Pal. ¡Está lo máximo! Es un Chablis. Vino francés. Siéntate, ma”, dijo David en cuanto le dio la copa a su mami. El pobre estaba rojo, rojo de vergüenza.

La señora hizo lo suyo. Tomo asiento en un sillón individual de la sala. Su hijo la emuló y se sentó al lado mío, dejando un espacio pequeño entre ambos. Tomó el control remoto del DVD y quitó la pausa que había puesto cuando escuchamos la cerradura de la puerta.
Pasaron unos 10 minutos y la señora Clemencia se levantó para servirse más vino y fue a sentarse con una revista de crucigramas en la mano. Esta vez no se sentó en el sillón individual de la sala… ¡Se sentó en medio de quien era mi galán y de mí! Oh my Dior!
“Beep, beep. Peligro, peligro, peligro”, mis sensores me indicaban que algo andaba mal. Una cosa era la imprudencia de doña Clemen, pero otra era la falta de carácter de su hijo… La película terminó y la señora Clemen le ordenó a su hijo que me llevara a casa.
“No me la vas a dejar ir sola, aunque ella traiga carro. No, no, no. Te me vas con ella, la dejas en la puerta de su casa y te regresas en taxi. Pero no la dejas sola. Yo aquí me quedo, traje una muda de ropa. Mañana te hago tus chilaquiles y tu café con leche o nos vamos a desayunar al Bajío, hijo”, decía la señora.
David me fue a dejar a casa ¡en mi carro! Y no dejaba de ofertar disculpas. Para ser sincera, yo no estaba enojada, más bien la escena de la mamá me había parecido cómica y un tanto dulce. Después de todo, la señora quería ver con quien salía su bebé grande.
Esa noche nos despedimos y le presté a mi ahora ex, el carro para que se regresara a su depa, ubicado en la colonia Del Valle, sí, en México.
Les confieso, chic@s, que David siempre se portó bien conmigo. Fue un amor. Pero, esa relación de “tres”, no funcionó. A partir de la noche que conocí a la señora Clemen… La pesadilla comenzó.
Y es que doña Clemen investigó y consiguió obtener (no sé cómo lo consiguió) los números de teléfono de casa de mis padres, mi dirección y mi sitio de trabajo. ¡Sí! Así como era buena para los crucigramas, era buena para cruzar datos e investigar direcciones y teléfonos. No tardó en llamar a mi Papá a su teléfono móvil (un mes después de la noche de películas y vino).
El propósito era decirle a mi Pa que su hijo solo tenía 26 años, que era un niño y que a diferencia mía, él no había viajado mucho, no estaba titulado y por tanto, no estaba preparado para llevar una vida en pareja (Dior! Nadie hablaba de vida en pareja, era un noviazgo y yo soy menor que él).
Claro que mi Papá envió a la señora Clemen a China sin boleto de regreso (claro, de forma educada).
No conforme con eso, la doñita marcó a casa de mi madre (a quien en mi vida he visto unas 60 veces, y eso es muchísimo) y expuso todas sus quejas.
“Mi hijo no está listo para una relación, es un bebé. Su hija viaja, va y viene. Mi hijo, no. No puedo permitir que una mujer que le lleve ventaja esté con él. ¿a dónde vamos a llegar? Señora, haga algo porque esa relación a mí no me tiene contenta”, era lo que siempre le decía doña Clemen a mi mamá.
Como David seguía conmigo, mi papá no se metía en mi relación y mi mamá solo le daba por su lado a la señora Clemen, ésta se enojó muchísimo. ¿El resultado? Un día que David llegó a su casa no pudo abrir, las llaves no entraban en las cerraduras… #chanclas
“Mi mamá me dijo que no me va a devolver el depa hasta que termine contigo. Ah, también me pidió las llaves del carro. Me fui a vivir con mi papá y su pareja, duré tres días ahí, pero no me sentía a gusto y ahora vivo en casa de unas tías”, me dijo David un día por teléfono.
Yo estaba en shock. No podía creer todo lo que estaba pasando. ¿Un simple noviazgo le afectaba tanto a doña Clemen? #Ploc!
Pasaron unos seis meses y David me pidió que nos fuéramos a vivir juntos. Compré muebles nuevos, fuimos a ver departamentos juntos y elegimos uno. Justo cuando habíamos encontrado uno increíble en la colonia Condesa, David se quedó sin trabajo. Como yo ya había comprado todos los muebles, no iba a permitir que David me pidiera que también pusiera todo el dinero para el depa. ¿Están de acuerdo? Así que le dije que esperáramos un par de meses para que él hallara algo. Yo seguí viviendo en mi casa y tomé las cosas con calma.
Sin embargo, pasaron dos, tres y cuatro , meses y… Ploc! David no hallaba trabajo. La desesperación lo hizo buscar a su mamá, quien para apoyarlo lo condicionó. Tenía que pasar con ella los fines de semana (los días que él y yo pasábamos juntos), llevarla al súper los miércoles (los días en los que él y yo íbamos a veces al cine, cuando me lo permitían el trabajo y el gym), y ayudarla a hacer de comer. Solo así ella lo apoyaría a encontrar una plaza en la dependencia de gobierno para la que ella trabajaba.
David aceptó. Cada vez nos veíamos menos y… Un día… Le avisé que ya me iba a vivir a Francia. Era 2009 (fue la primera vez que me vine a vivir a este país que amo y que considero mi segunda casa). David quedó en shock.
Les confieso que no me dolió. Lo que me dolió fue no haber salido antes de esa relación de tres.
Supé que días después de que terminamos (y dos días antes de que tomara el avión con dirección París para estudiar una especialización de mi carrera (y donde viví muchas aventuras que ya les contaré, jejeje), la señora Clemen llamó a mi mamá por teléfono para decirle que estaba muy contenta de saber que yo me iba y de que la relación al fin se había terminado. Luego, le contó que andaba resolviendo unos crucigramas… Ploc! (Lo mismo hizo con mi papá. Le llamó, pero él la envió nuevamente lejos. En esa ocasión, la envió Chihuahua a un baile eterno).
… Hace unos meses, en marzo, para ser exacta, estando precisamente en París, fui a Galerías Lafayette, donde compré unos zapatos de pitón increíbles.
Yo iba con un güero muy lindo que la verdad tiene gran parecido con Daniel Craig. Todo un James Bond francés del que tal vez un día les contaré. 😉
Sucede que, justo había pagado mis zapatos de pitón y el James Bond francés y yo caminábamos felices cuando, voltee y justo a mi lado estaba la señora Clemen. Iba con su madre, la abuela de David. #mundopequeño
Ambas se quedaron heladas. Yo solo sonreí y seguí caminando con el James Bond francés que me acompañaba. #karmadharma #lavidarealdelosfamosos
Hace una semana, una de mis primas me llamó pro Skype para platicar. Entre la charla, salió David. ¡Sí! Mi prima se lo había encontrado en un Superama ubicado en la colonia Narvarte.
“Vive con su mamá, trabaja en la misma dependencia de gobierno que ella, está soltero y sigue jugando fútbol. No ha viajado mucho porque su mamá le dice que es mejor que ahorre. Precisamente, ese día él iba al súper porque su mamá le encargó unas cosas para hacerle de comer”, dijo mi prima.
“¡Qué fuerte!”, es lo único que puedo decir. Y es que no cabe duda que somos pocos los que nos atrevemos a despegar, a volar, a cambiar de piel y… ¡a comprar zapatos raros de pitón! Pero no a soportar a una suegra que se siente en medio de una pareja para resolver un crucigrama (y la vida de sus hijos a su antojo). Ploc!
Y ustedes, ¿qué piensan, chic@s? ¿Tienen alguna confesión o sugerencia? Pueden contarme. ¡Besos y cerezas!



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